Cuando a los ojos hundida en vileza la vida humana
yacía por tierra del peso de la Religión abrumada,
la cual de allá de los cielos la gran cabeza asomaba,
colgando en horrenda visión sobre los mortales su carga,
fue un hombre griego el primero que se atrevió cara a cara
los ojos mortales a alzar y a hincar ante ella la planta;
que a él ni rumores de dioses o rayos ni con amenazas
del cielo el rugido arredró, sino tanto más denodada
virtud le aguijó en el ánimo, a que las prietas cerrajas
que puso a sus puertas natura el primero quebrar anhelara.
Así que su vívido aliento venció, y allá vía larga
fuera avanzó de las llameantes del mundo murallas
y el todo inmenso lo fue recorriendo en mente y en alma;
de donde de vuelta nos trae la ley de qué puede que nazca,
que es lo que no, cada cosa, en fin, potestad limitada
por qué razón tiene en sí y en lo hondo hincada su valla.
Conque la Religión, a su vez, a los pies derribada
se ve patear, con el cielo su triunfo aquí nos iguala.
Algo hay que temo a propósito tal, no creas acaso
que estás a principios de impía razón viniendo y entrando
por vía de crimen. Que bien a menudo fue ella, al contrario,
la Religión, la que hechos impíos y crímenes trajo;
fue en Aúlide así, que el altar de la virgen Trívïa santo
con sangre de Ifïanasa afrentosamente mancharon
los héroes guía de hueste escogida, flor de los dánaos:
que apenas la cinta de ofrenda sus virginales tocados
ciñó a la una y la otra mejilla igualmente colgando
y junto al altar al padre sintió callándose amargo
parar y oficiantes al pie el sagrado hierro celando
y al verla llegar derramarse sus gentes todas en llanto,
muda de miedo, de hinojos caía a tierra rodando,
ni nada a la pobre podía valerle en el trance acïago
que al rey la primera con nombre de padre hubiera llamado;
no, que por manos de hombres se vió levantada y temblando
traída al altar, no ya para que, cumpliéndose el sacro
rito nupcial, la llevará el cortejo en cántico claro,
sino a que, pura, en impura pasión, en edad de noviazgo
víctima triste cayese ante el padre, herida en su mano,
a fin que la armada un viento tuviese próspero y fausto.
Tanto la Religión pudo ser autora de espantos.
Tú mismo de mí cualquier día, de voces de los profetas
aterradoras vencido, acaso alejárteme quieras.
Pues ¡cuánto en verdad podrán inventar y traer a tu oreja
de sueños que tu razón de vivir trastornártela puedan
y todas alborotan tus venturas con miedo que metan!
De la realidad, 62-100 y ss.
(vivió entre los años 96 a 55 antes de la era común)
Lucrecio
(Traducción de Agustín García Calvo)